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HISTORIA
En Barcelona, durante al segunda mitad de los años cuarenta, sobre los restos de la famosa Hispano
Suiza, se sentaron las bases de ENASA (Empresa Nacional de Autocamiones, S.A.), conocida más tarde como
Pegaso, con Wilfredo Ricart en calidad de Consejero Delegado y Responsable de Proyectos. Naturalmente,
las prioridades de la empresa se centraban en la producción de vehículos de transporte público y pesado,
pero Ricart tenía unas prioridades muy concretas. Para el ingeniero era evidente que el país necesitaba
una nueva generación de técnicos, operarios e ingenieros capaces de producir automóviles de tecnología y
calidad industrial equiparables a las de otros países europeos. Con los Pegaso Z-102 y Z-103 el ingeniero
barcelonés Wifredo Ricart, su artífice, intentaba dar al país una modernidad y unos adelantos técnicos de
un siglo XX que parecía pasar de largo para la península ibérica.
Además, este programa ofrecía otra ventaja: dar visibilidad internacional, mediante la venta a las élites
mundiales y la competición automovilística, a una España embargada política y económicamente, así como destruir
la percepción imperante en el extranjero de una España atrasada y rural.
En 1957 se puso fin a este proyecto considerado descabellado, sin duda incomprensible para los políticos de
la época. Hasta tal punto llegó el desinterés general, que se hizo chatarra de recambios, moldes y carrocerías.
Incluso se perdieron buena parte de los archivos, con la consiguiente dispersión de los dibujos técnicos de
fabricación. Una verdadera catástrofe. La historia de estos Pegasos constituye así el espectro de una
modernidad que apenas se dejó sentir.
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