El asfalto que en su día estuvo cuidadamente pavimentado, el graderío hermoso e imponente en el que se agitaban las banderas de las escuderías, el pit lane bello y con el olor a neumático gastado y a gasolina quemada, toda aquella gloria automovilística que parecía infinita ahora es la nada más absoluta. Sólo el recuerdo. La historia. La tradición. Porque, por falta de recursos económicos, por la competencia desleal de otros trazados más modernos y sofisticados, o por las escasas medidas de seguridad, numerosos circuitos de carreras tuvieron que bajar la persiana. Un adiós para siempre.
No tenemos que irnos muy lejos. Barcelona, Montjuic, la montaña mágica. Para los más nostálgicos, el circuito urbano más mítico de la historia. Curvas cerradas, una parrilla de salida fijada entre dos curvas, en forma de ‘S’, velocidades endiabladas. Coches, motos, pilotos de leyenda. El indomable Ángel Nieto, entre ellos. En 1932 se inauguró, en 1969 albergó el Gran Premio de España de F1 –alternando cada año con el circuito del Jarama-, en 1975, el principio del fin. En la vuelta 26 de aquel gran premio, el piloto alemán Rolf Stommelen perdía su alerón trasero, su monoplaza voló, chocó brutalmente contra los guarda raíles, donde cuatro personas –dos periodistas y dos bomberos-, atrapados entre éstos y la valla, murieron al instante. La FIA dijo basta. Ni una carrera más en Montjuic, donde las medidas de seguridad eran escasas y la velocidad de los bólidos cada vez más elevada. La FIM (Federación Internacional de Motociclismo), sin embargo, abogó por la celebración de carreras –de 125cc, pero sobre todo de las ‘cilindradas pequeñas’, 80 y 50cc- hasta el año 1982. Barcelona se expandió y lo que en su día fueron las curvas infernales del trazado urbano ahora son calles y avenidas de la gran ciudad. En 2004, el ayuntamiento de la Ciudad Condal señalizó el antiguo circuito, y en ocasiones puntuales, se celebran carreras conmemorativas.
También en Cataluña, en Sitges, se levantó en 1923 el primer circuito permanente en España. El autódromo de Sitges-Terramar. Cuatro millones de las antiguas pesetas costó. Era un óvalo peraltado en el que se celebraron carreras de coches, de motos y hasta de coches contra avionetas. Todo un espectáculo con el que nació el primer Gran Premio de España. A pesar de que el proyecto sonaba más que bien, las deudas económicas que contrajeron los dueños del circuito hicieron imposible pagar a los ganadores de las carreras y la FIA prohibió la celebración de carreras de prestigio allí. Ahora, en mitad de un secarral y escoltado de vegetación, permanece escondido el Autódromo de Sitges, cuyos terrenos pertenecen a un campesino que se niega a vender.
Soledad y abandono, palabras que encarnan a la perfección el hoy del circuito de Reims. En 1925 nacía un trazado triangular con tres rectas infinitas y tres ángulos cerrados que provocaban el vértigo hasta de los más intrépidos. Acogió las competiciones más célebres, incluida la Fórmula Uno desde 1959. Vio sobre su asfalto a los pilotos más capaces: Fangio, Hawthorn, Ascari y compañía. En 1966 inició su declive, disputándose la última carrera oficial. Seis años después, el bramido de motores hiperpotenciados y la admiración de un público entregado, desapareció súbitamente por la falta de presupuesto. En la actualidad, únicamente se pueden apreciar las tribunas, la línea de boxes o los carteles publicitarios.