La marca italiana Lancia recupera, una década después, su emblemático Delta, que nada tiene que ver con las dos generaciones pasadas, con las que rompe categoricamente, sobresaliendo pues por un diseño vanguardista y práctico, que, unido a una amplia gama de motores diésel y gasolina, le convierten en un compacto multifuncional y que puede arrastar mucha clientela procedente de familiares, berlinas o incluso monovolúmenes compactos debido a su gran espacio interior.
Y es que, después de estos diez años en blanco y del escaso impacto que tuvo la segunda y tecnológica generación del compacto transalpino, mucha gente relacionará el término ‘Delta’ con el Mundial de Rallys o con el piloto finlandés Juha Kankkunen. O con caballos, gasolina y potencia. Pero no. Este Delta, con algunas lagunas mecánicas en su repertorio, es elegante, está cuidadosamente acabado, aporta estilo y es atrevido en sus formas. Su presentación es buena.
¿Por qué elegir el Delta? La habitabilidad, el confort de marcha, el puesto de conducción, incluso el comportamiento, son los puntos fuertes de esta unidad transalpina. Pero, por qué éste y no cualquier otro de los compactos que copan el mercado. Pues quizá sea la capacidad que Lancia ha tenido para distinguirse de sus contrincantes, el argumento de mayor peso para decantarse por el nuevo Delta, atrevido, con personalidad propia y capaz de medirse con cualquiera que se le ponga por delante. El pasado ha quedado en el olvido; Lancia mira con este Delta hacia delante.
Pero ojo, el capricho o adquisición (según se mire) del Delta no es una ganga. Sirva como ejemplo que competidores suyos en el segmento de los compactos, como el Ford Focus (con un motor 1.8 diésel de 115 CV), el Mazda 3 (1.6 CRTD de 109 CV), el Seat León (2.0 TDI de 140 CV), el Honda Civic (2.2 i-CTDi de 140 CV) o el Mitsubishi Lancer Sportback (2.0 DI-D de 140 CV) están por debajo de los 24.790 euros en los que está valorado este Lancia Delta Multijet DPF 120 CV con el acabado oro. Con un precio final algo desorbitado, más que nunca hay que acudir a las sensaciones, a lo que los modernos llaman ‘feeling’, para decantarse por el Delta.