Infiniti Q50 2.2D GT AUTO: Alto standing japonés

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Raúl Toledano21 jul 2014
Probamos el Infiniti Q50, una berlina de alto standing que combina lujo, tecnología y dinamismo en esta variante diésel de 170 cv con cambio automático 7G-Tronic. Se trata de una elección perfecta para diferenciarse de sus rivales alemanes a los que iguala (e incluso supera) en muchas facetas que analizamos a continuación.
Es una fiesta de máscaras, una marca disfrazada de otra, que enseña aquello de lo que se enorgullece y camufla lo que quiere ocultar, sin ser lo que parece, ni parecer lo que es. Son la jovencísima Infiniti -6 años en Europa- y su nuevo buque insignia, el Q50, distinguido, esbelto y radiante. Es la berlina bonita Q50 con una dinámica de primer ministro pero un motor diésel tosco, poco refinado, que desentona del resto de elementos. Es el sustituto de un G37 ya muy atractivo, pero incomparable si nos atenemos a los estándares de calidad y diseño de un Q50 que apuesta por una personalidad propia para competir (y sorprender) contra aquellos a los que quiere parecerse (y desbancar), las berlinas premium alemanas dominadoras absolutas en una categoría donde a los japoneses cada vez se les mira con mejores ojos. Y si no que se lo digan al Mazda 6 (uno de los pocos turismos del segmento D en números positivos) o al Lexus IS, otra alternativa natural a este Q50 (también con una variante híbrida de 364 cv).
a favor- Imagen exclusiva- Interior de impecable factura- Equipamientos tecnológicosen contra- Motor diésel áspero- Altura plazas traseras- Peso perceptible
Testar un coche tan importante para una marca, aunque ésta sea de nicho, es siempre algo especial. El Q50 abre un nuevo tiempo en la división de lujo de Nissan, que amplía sus expectativas con una gama que será (está siendo) renovada progresivamente. El Q50 es sólo la punta de lanza, a medio camino de la berlina grande Q70 (la nueva nomenclatura del viejo M) y el primer compacto de la marca, el Q30 (que llegará al mercado en 2015). Sus dimensiones, 4,79 metros de longitud y 1,82 m de anchura, lo colocan casi más cerca de las berlinas alemanas del segmento E (Mercedes Clase E, BMW Serie 5 o Audi A6) que de sus teóricos rivales (Mercedes Clase C, BMW Serie 3 o Audi A4). Sin embargo, por precio (arranca en los 32.900 euros), potencia de motores (estrena diésel de origen Mercedes de 170 cv de potencia) y habitabilidad interior (500 litros de maletero, en la media del segmento D), son estos últimos sus contrincantes naturales.

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Por diseño, calidad de construcción y acabados, y nivel de equipamientos y prestaciones/consumos, el Q50 supone un concepto radicalmente nuevo para Infiniti, adaptado a lo que busca el cliente europeo premium. Debería ser este Q50 el modelo que popularice a Infiniti en la vieja Europa, o por lo menos, el que sirva para familiarizarse con ella y sus modelos. En el Q50, la parrilla frontal con doble arco y rejilla de malla de acero, las ópticas rasgadas, el largo capó con pliegues y la cabina retrasada, una línea de cintura elevada y con ondulaciones varias en la vista de perfil, y un pilar C que desciende hacia la zaga como si de un gran coupé se tratase (a lo A5 Sportback o Serie 4 Gran Coupé), son elementos que lo hacen reconocible. El sutil alerón trasero y la doble salida de escape circular a cada lado del difusor cierran un conjunto que, guste más o guste menos, goza de un coeficiente aerodinámico de 0,26 (por los 0,29 del G37).

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Calidad de construcción alta
La vieja Mercedes (el freno de estacionamiento de pie, los plásticos brillantes de la consola que atraen al polvo, o el poco refinado motor diésel, son detalles a cuidar en estos niveles) y la vanguardista y sofisticada Audi (las terminaciones intachables, la precisión y orden lógico de los mandos o la ausencia de vibraciones entre piezas, incluso superando asfaltos rotos) se dan la mano en el habitáculo del Infiniti Q50. Por los materiales usados (hasta los paneles de las puertas están forrados en piel, negra, como el resto de plásticos, de gran calidad, que forran el habitáculo) y el agradable puesto de conducción (asientos cómodos y muy confortables, calefactados, y con regulaciones eléctricas que facilitan encontrar una postura idónea incluso para los conductores de mayor envergadura, sin comprometer la visibilidad, y eso que la butaca puede ir en una posición muy baja), el Q50 representa un salto de gigante para Infiniti.En el interior pocos son los detalles que tiene que pulir un Q50 con unos estándares de calidad equiparable a sus rivales alemanes
Por lo demás, el salpicadero alto describe una doble onda separada entre sí por una consola central prominente que incluye un entorno digital (Infiniti InTouch) con dos pantallas, una inferior de 7 pulgadas al estilo Tablet (para controlar los sistemas mediante una serie de aplicaciones de buena usabilidad) y una superior de 8 pulgadas donde navegación o cámara trasera se proyectan sin perder de vista la carretera (el conductor cuenta con la colaboración de un mando giratorio en el túnel central). Además, en la parte baja de la consola emerge el pulsador del sistema Drive Mode (que varía parámetros como la dirección hidráulica o la respuesta de la transmisión) y el pomo del cambio automático de siete velocidades.
Aunque pretenda ser un referente tecnológico, en Infiniti no se han querido olvidar del lado más práctico de una berlina de semejante tamaño. El Q50 destaca por unas plazas delanteras muy amplias y unas guanteras en las puertas muy generosas, mientras que en las traseras se limita el uso de la central por culpa del aparatoso túnel y la altura queda penalizada por la caída tan pronunciada del techo. Por su parte, el maletero de 500 litros (100 menos en el Q50 híbrido) tiene formas demasiado irregulares y una boca de carga algo estrecha que reduce su practicidad de uso.No hay que ser un experto en tecnología para controlar las dos enormes pantallas que conforman el Infiniti InTouch
LISTA CERRADA DE EQUIPAMIENTO
Nuestra unidad de prueba es el Infiniti Q50 2.2D GT Auto (41.475 euros), un nivel intermedio que incluye de serie llantas de 17", luces diurnas de LED, Confort Pack (sensores de luces, limpias y parking delanteros y traseros), navegador, climatizador bizona o las citadas butacas delanteras. Solo la pintura metalizada, por 925 euros, queda en opción. Para disfrutar de los equipamientos de seguridad activa más avanzados hay que escalar a niveles superiores (GT Premium y GT Sport) con el Control Electrónico de la Dirección asociado al Sistema de Mantenimiento de Carril (de serie), o el Escudo de Seguridad (implantado también en modelos de Nissan) que aglutina equipamientos como la Prevención de Colisiones Frontales y Traseras, la alerta y el asistente de cambio de carril involuntario y de ángulo muerto, la cámara de 360 grados con detección de objetos en movimiento, o el control de velocidad adaptativo que llega a actuar sobre el sistema de frenos (todo, por 3.900 euros más).

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El motor que impulsa (en disposición longitudinal y tracción trasera) al Q50 es un bloque turbodiésel de cuatro cilindros en línea y 2.143 centímetros cúbicos, asociado al cambio automático 7G-Tronic de siete relaciones. Implantado en modelos de Mercedes de última generación (sin irnos más lejos, el nuevo Clase C, por citar un ejemplo), el Q50 2.2D desarrolla 170 cv de potencia y 400 Nm de par motor entre 1.600 y 2.800 rpm, prometiendo unas prestaciones nobles (que no fulgurantes) de 8,5 segundos de 0-100 km/h y unos consumos razonables (homologa 4,8 l/100 km y 124 g/km de emisiones de CO2) nunca superiores a 7 litros en una conducción real.

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Al arrancar, la mecánica se hace notar en exceso, brama más de la cuenta, y al habitáculo se transmiten demasiadas vibraciones a bajas velocidades y cuando entra en funcionamiento el Start&Stop (de serie). La cosa mejora al salir a carretera, y sin ser un prodigio de refinamiento, el binomio motor/cambio y la impecable insonorización del habitáculo nos devuelve a la berlina de pedigrí premium del principio de la prueba. Además, el motor empuja con energía a partir de 1.500 rpm y, aunque no es un esprínter (ni pretende serlo con 1.750 kg de peso en vacío), gana velocidad con entusiasmo y nos pone a pie de autopista ya lanzados y rodando a 1.800-2.000 rpm, beneficiándose por un lado el consumo y por otro su capacidad de recuperación.La peor noticia son las vibraciones que transmite la mecánica de origen Mercedes al ralentí y bajas velocidades
Coche grande, pesado, de batalla notoria (2,85 metros)… Os podréis imaginar que transmite un aplomo y una sensación de reposo total: ni se inmuta en línea recta. La suspensión de serie es firme, pero no perturba el confort de los pasajeros, y junto a los neumáticos de serie del Q50 GT (225/55 R17) y la precisa dirección de asistencia hidráulica (hay otra eléctrica) contribuye a poder entrar en una curva rápida con mucha seguridad y sensación total de control. Esa pizca de deportividad (tracción trasera incluida) nos emociona hasta cierto punto, ya que en carreteras ratoneras su peso y un cambio automático más suave que rápido nos invita a tomarnos las cosas con más tranquilidad. Un equilibrada puesta a punto de las suspensiones garantiza tanto el confort como la agilidad